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Irina Albanell

Empecé mi práctica de yoga movida por la curiosidad. Había escuchado hablar mucho de ello, de como era una fuente inagotable de beneficios… y lo quería comprobar por mí misma. La primera clase fue un desconcierto total, pero el bienestar que me hizo sentir me enganchó desde ese mismo instante.

La constancia en acudir a clase me hizo dar cuenta de que el yoga iba mucho más allá de las asanas, incluso del pranayama. Estuve explorando más estilos, y adentrándome en la filosofía del yoga. El profundizar en ella me hacía vibrar de emoción y me atrapaba cada vez más. Hasta que un día pensé, oye quizá quieres dedicarte a esto todos los días..?

Y así es como empecé mi primera formación en Vinyasa en Daya Yoga Studio, en Brooklyn. Este primer aprendizaje me hizo entender que había escogido un camino que nunca se podría agotar, por su riqueza y evolución constantes.

Quería completar mi primera fase formativa con otro curso, y decidí salir de los núcleos urbanos para ello, y me fui a una pequeña isla tailandesa. En La Casa Shambala estudié el curso de 200 horas de Hatha, sellando así mi compromiso con el yoga.

Me interesa mucho aplicar de manera terapéutica para condiciones físicas/ mentales concretas, y combinarlo con otras materias (danza, artes marciales…). Me gusta enfocar las clases de manera holística, con disciplina y concentración, buscando la fuerza desde el interior, investigando la diferencia que supone cada micro movimiento, sin caer en la rigidez ni la solemnidad. Que, al fin y al cabo, se trata de encontrar equilibrio y ligereza!

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Como estudiante, sigo explorando esta disciplina en todas sus vertientes, poniéndome retos a nivel físico, aprendiendo nuevas formas de prana, practicando su filosofía… cuânto más profundizo, más me doy cuenta de cómo seguiré siendo discípula toda la vida, y me encanta.

Con esta clase buscaremos el límite de sensación física desde la ternura y la entrega en cada postura, en contraposición a una práctica desde la fuerza o implicando tensión muscular. Una secuencia fluida abrirá los sentidos y el cuerpo, y servirá de punto de partida para mantener posturas por más tiempo, pudiendo así rendirnos a ellas y disfrutar de todos sus beneficios físicos, mentales y emocionales. La aparente quietud  del cuerpo enmascara una evolución constante y sin presión, que permite profundizar mucho más en cada asada, ayudando a transmitir calma a nuestros pensamientos y emociones. Esta colaboración genera un equilibro de sensaciones que podrás llevar contigo más allá de las paredes del estudio, creando herramientas muy útiles para los momentos en los que más necesitamos serenidad.