El origen del sufrimiento

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La vida y sus circunstancias inevitables nos pueden llevar a veces hacia el dolor y el sufrimiento. El Yoga surge como un camino para eliminar el sufrimiento en su origen profundo y para eso conviene explicar cuáles son sus posibles causas.

La incertidumbre frente al futuro, las heridas del pasado o los diferentes avatares que ofrece el destino (y si no pensemos en la pandemia para la que ninguno estábamos preparados) nos ponen frente al dolor en muchos momentos de la vida. Evitar cualquier padecimiento ha sido un motor del ser humano en su búsqueda de la felicidad, y es una de las bases fundamentales de la creación de las diferentes religiones y corrientes filosóficas. Si la vida es sufrimiento, ¿para qué estamos aquí?

Vivimos buscando remedios para evitar el malestar y la incomodidad, anestesiarnos de la insatisfacción y el vacío, distraernos de la carga emocional y mental de nuestro día a día. Y por muchas metas, objetivos que consigamos, estado social o económico que se alcance, volvemos a tocar una y otra vez el dolor. Sin embargo, pocas veces nos paramos a pensar, ¿cuál es el origen del sufrimiento?

En filosofía del yoga (que intentamos mostraros en nuestro taller periódico) se describen cuáles son esos orígenes: los Kleshas. Son estados mentales que nos nublan la mente, que nos impiden ver y entender la realidad profunda de nuestro ser y que por lo tanto nos niegan estar en contacto con un estado de felicidad. Su traducción literal significa veneno y se explican como los obstáculos que impiden alcanzar la iluminación.

El origen de todo es la ignorancia

Yoga Sutras II.4: «avidya ksetram uttaresam prasupta tanu vicchinna udaranam»

“La ignorancia es la causa de todos los demás kleshas, los cuales pueden estar latentes, atenuados, interrumpidos o completamente activos”.

Etimológicamente la raíz Vidya significa conocimiento y el prefijo a significa negativo, por lo tanto Avidya es literalmente no conocimiento o ignorancia. Pero no se refiere a ignorancia de conocimientos académicos, no se refiere a iletrado o inculto, Avidya es la ignorancia de la verdad de Isvara, de la consciencia universal. Sólo hay una conocimiento que se necesita para alcanzar la dicha absoluta: tú ya eres el todo, Brahman. No es un conocimiento racional, sino una asimilación profunda de este concepto. Ya eres lo divino. Si no somos capaces de entenderlo e integrarlo, obviamente vamos a estar sujetos a las aflicciones del mundo terrenal.

La ignorancia avidya trae consigo el dolor y no puede nunca ofrecer ninguna dicha. Los placeres mundanos, las alegrías más superficiales se esfuman con el tiempo y no perduran.  Sólo al establecernos en nuestra naturaleza esencial podemos encontrar el reposo de la dicha eterna, que no fluctúa con el tiempo.

Podemos creer que ya lo sabemos todo, o que poseemos todo lo que podemos desear, pero el tiempo es inexorable y confundimos temporal con permanente, irreal con real. Si nos apegamos a aquello que nos aporta felicidad momentánea, al final cuando lo perdemos o deja de existir sufriremos de nuevo tras su pérdida.

Yoga Sutras II.5: «Anitya asuci duhkha anatmasu nitya suci sukha atma khyatih avidya«.

“Confundir lo transitorio con lo permanente, lo impuro con lo puro, el dolor con el placer, y lo que no es el sí-mismo con el sí-mismo: todo ello se denomina carencia de conocimiento espiritual, avidya”.

Eliminar esta ignorancia, alcanzar un conocimiento discernidor (viveka) que nos permita distinguir entre lo real e irreal, es el fin último de la práctica del yoga, de todos los estilos o caminos del yoga. En los primeros sutras del mismo capítulo se muestra que se tiene por objetivo fortalecer la mente en el estado contemplativo (samadhi) y así reducir las aflicciones.  Para eso surge el yoga, para eliminar el sufrimiento y las aflicciones.

El resto de las aflicciones

La ignorancia es la principal y el origen de todas ellas, de la que surgen otras cuatro: asmita (el ego), raga (apego al placer), dvesa (aversión) y abhinivesah (miedo a la muerte). La incapacidad de entender que ya somos parte de lo universal, avidya, nos impide sentirnos conectados con todo, de ahí la sensación de separación e individualidad, la creación del ego, del yo. El ego debe definirse y lo hace a través de sus pasiones o apegos, ragas, y de sus aversiones u odios, dvesas. La creencia del ego como existencia única y limitada genera ese miedo instintivo a la muerte abhinivesa.

Todas son por lo tanto fruto de la primera, no saberse ya uno con lo divino (y aquí que cada cual utilice su propia definición, puede ser Dios, el universo, la consciencia universal, la madre tierra o la energía cuántica). Mientras que el ego es más mental, pasiones y aversiones son emocionales y los miedos al dolor y la muerte son puramente instintivos. Por eso la práctica de yoga es integral y trabaja a todos los niveles del ser, porque reduce estas aflicciones en todas las esferas de la persona.

Si los vemos un poco más en profundidad nos damos cuenta de cuánto resonamos con cada uno. Gran parte del sufrimiento humano proviene del orgullo y el ego (asmita), de ese predominio del “yo”, “yo soy”, “yo tengo”, que hace que confundamos lo que realmente somos con nuestras posesiones o que nos identifiquemos con la imagen de que creemos que somos o quienes creemos que deberíamos ser. Este torbellino del ego que quiere estar siempre por encima genera una ansiedad y preocupación constante. El orgullo conduce a la arrogancia y al engreimiento, impidiendo a la persona descubrir su verdadero ser. El «yo» debe de ser la alegría de la singularidad no la locura del individualismo.

Además el ego y más en nuestra sociedad hipermaterialista necesita encontrar pasiones y placeres que lo alimenten. Así ragas es ese apego al placer y nos genera ir en busca de personas, objetos o actividades para estar en ese estímulo de pasión, alegría o diversión. Es el ego que nos empuja a buscarlo activando nuestras acciones, pero al ser una felicidad efímera al final nos devuelve al aburrimiento, el vacío y la insatisfacción cuando ya se obtiene. Si se pudiese agradecer cualquier cosa que se obtenga, sin caer en su posesividad, si nos desprendiésemos de todo lo innecesario, entonces habría más espacio para encontrar un felicidad profunda, duradera que sólo brota de nuestro interior.

E igual que ragas nos lleva a la acción en busca del placer, también nos movemos para evitar el dolor o la incomodidad, entonces está actuando Dvesa, la aversión. Es la contrapartida de ragas y es igualmente fruto del ego. Un ego que quiere nutrirse sólo de experiencias agradables y que aquello que no se lo ofrece hace brotar un movimiento de separación. De ahí nace la rabia, la envidia, la frustración, los celos… Todas esas emociones nocivas que no son nada más que querer evitar lo que nos genera dolor. Sólo que ese dolor y sufrimiento también son pasajeros, y surgen porque antes nos apegamos al deseo y a lo que creemos que somos o merecemos.

Aunque la más complicada de todas sea Abhinivesa, el aferrarse a la vida, debido al miedo y al propio instinto de supervivencia. La incerteza de qué habrá después de la muerte, propia de Avidya, la existencia de un ego individual separado del resto, provoca una resistencia frente a lo que se supone es el final y un desasosiego sólo con mencionarlo. Es la más sutil de las aflicciones y puede hallarse incluso en los hombres sabios y en todos los seres vivos, pero si hay algo de lo que podemos estar seguros es de que esta vida no es permanente. Esta es nuestra naturaleza y por eso Patañjali lo remarca, para que seamos capaces de verla y trascenderla

Ananda

Sin embargo, la felicidad es otra cosa. La felicidad es un estado permanente que no depende de las posesiones, de nuestra imagen ni de superar los miedos. Es un estar asentado en nuestra naturaleza esencial de nuestro ser, ya somos felicidad. Son las creaciones del ego, la incapacidad de sentirnos conectados con esa fuente, lo que nos impide ser felices.

Yoga Sutras I.2 – I.3: “yogas cita vrtti nirodhah. Tada drastuh svarupe vasthanam

“Yoga es la supresión de las fluctuaciones mentales. Así quien practica se establece en su naturaleza esencial”

Ya sea por una lesión durante un asana, porque nos confinan en casa o porque nos despiden del trabajo, la vida nos va a poner en diferentes situaciones de dolor, incomodidad, molestia o incertidumbre. Eso es inevitable. Pero también es transitorio. La práctica del yoga nos va poniendo frente a los Kleshas para que podamos verlos y desidentificarnos de ellos. Poco a poco la mente se acalla, las emociones fluyen y se dispersan, y podemos irnos asentando, en un estado interno de compasión, agradecimiento, comprensión, suavidad, paz… En un estado de felicidad permanente, del que nunca salimos, porque es la verdad última, eres eso y nada más.

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