Acallar la mente

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Cuando estamos en la esterilla todos conocemos la teoría: respirar conscientemente, alinear tu cuerpo en las posturas y aquietar la mente. Pero en cuanto comienzas a moverte y las asanas se vuelven más complejas aparecen en seguida muchas voces de sobra conocidas: “qué complicado”, “no puedo con eso”, ”esfuérzate más”, ”tengo que conseguirlo”, “tendría que…”, “debería de…”. Los demonios recurrentes que vuelven una y otra vez, la comparativa con el de al lado, cuando no contigo mismo en otros momentos de tu vida. La exigencia, las ganas de huir o abandonar, etc. El ego, asmita. Tu enemigo íntimo.

El ego se suele mostrar como un enemigo contra el que pelear. Tiene múltiples formas, control, exigencia, abandono o comparativa entre otros. Pero también es una parte fundamental de nuestra naturaleza, por el darnos cuenta de que existimos como individuos.

Aunque tengas una práctica muy avanzada, esta toma siempre nuevas formas. No hablamos sólo del ego por exhibirse o mostrarnos hacia fuera con las posturas mas acrobáticas posibles (cuánto daño ha hecho Instragram), sino de estados mucho más sutiles. Algunas veces fruto del conocimiento adquirido por miles de repeticiones sabes qué músculo concreto estirar, dónde dirigir tu atención y tu mirada, hacia dónde llevar tus manos y hasta dónde llegar. Con estos pensamientos ya nos ha pillado de nuevo. Cada día mejoras un poco más en tratarte con más suavidad, en hacer desde un lugar más humilde y sin objetivos. Y, siempre, por algún recoveco el ego encuentra su camino. Le gusta estar en control, porque ese es otro de sus aspectos.

Da igual tu flexibilidad o tu fuerza, o si se trata de un sencillo balasana o una postura más avanzada como pincha mayurasana. En el momento que te marcas un objetivo, o analizas si la postura estará bien o no (ay, el juicio, otra de sus apariencias), parece que el ego no te vaya a dejar nunca. Y por mucho que los profesores repitan: “escucha tu cuerpo”, “haz acorde a tus posibilidades”, “lo que para ti está bien ya es suficiente”, “no hace falta llegar a ninguna parte” hay algo interno que se resiste a dejarse llevar.

Todo surge en general de una idea muy afianzada en la sociedad occidental, la necesidad de conseguir. Se mide el progreso de cualquier práctica marcando metas, superando limitaciones y buscando el nuevo reto que superar. De ahí aparecen con frecuencia las sensaciones de que no se está haciendo yoga hasta que no se consigue llegar a una postura. Pero, eso sólo alimenta al ego, insaciable en sus conquistas que según alcanza una ya está buscando la siguiente. Por suerte, el yoga no va de eso, tal y como lo expresa muy bien Jigar Gor:

“Yoga no trata de tocarse los pies con la cabeza, sino de todo lo que aprendes hasta que ocurre”.

Entonces tendemos a considerar a nuestro ego como un enemigo. Como otro obstáculo a sortear o conquistar. Y otra vez el ego nos ha dominado. Pero también podemos considerar el ego como algo necesario. Y, sólo pudiendo reconocer nuestro ser individual, la conciencia del yo que es natural, podremos hacer nuestro viaje de búsqueda espiritual. El ego es por tanto bueno y malo al mismo tiempo. Dado que existimos en el plano físico y corpóreo tenemos sensación de yo y todo aquello con lo que identificamos ese yo. Son los personajes creados alrededor lo que lo vuelve en nuestra contra. El ego es en parte el que nos hace seguir en el camino de la búsqueda espiritual, encontrar la senda que nos hace conectar con nuestra pura esencia y nos hace trascenderlo.

En los yoga sutras aparecen dos términos para referirse al ego. Uno es ahamkara, que es una parte de la estructura mental que nos da la sensación del yo, de individuo. El otro es asmita, el ego entendido como el centro de todo, un egocentrismo que nos hace creer que sólo existe nuestro punto de vista, que tenemos la verdad y la razón, que todo debería estar basado según nuestras creencias. Asmita es considerado uno de los kleshas, los orígenes del sufrimiento. Y siguiendo las enseñanzas de Patanjali, la función del yoga es lograr suprimir las fluctuaciones mentales, entre ellas ese ego que domina nuestras acciones.

Porque también está el ego del profesor, ese que quiere ser el gran motivador, el que te enseña a superarte y alcanzar posturas increíbles o el que es poseedor de la verdad absoluta. Cada cual necesita entender su propia verdad, para entender que no somos este cuerpo, ni esta mente, ni este personaje creado. Para mi las posturas más avanzadas son aquellas que te llevan a una mayor concentración y ecuanimidad, a un conocimiento más profundo de ti mismo que transforma cómo es tu día a día, aunque sobre el mat parezca un simple tadasana.

Acallar el ego no supone que toda la personalidad que hemos creado a lo largo de los años desaparezca de la noche a la mañana, sino amigarnos con ella para poder elegir de forma consciente.

Por lo tanto el ego es inevitable, forma parte de nuestra existencia en el mundo terrenal. Pero también es lo que nos permite experimentar el mundo. Siguiendo con Patanjali (Y.S. 2.18) drsya, el mundo perceptible, tiene como objetivo ser experimentado y liberarse. Para poder transitar al mundo, hay que poder entender que esta vida es sensorial y está para ser experimentada y buscar después la liberación. Es fundamental entonces desaprender todas las creencias demonizadoras sobre el ego y sobre nosotros mismos. Desaprender lo que creemos que somos porque no somos nuestro ego. Sin embargo podemos darle toda la validez a nuestras percepciones individuales, a empoderarnos de nuestros sentidos y decisiones. Sentir conscientemente.

Por eso uno no se desprende del ego. Se le puede ver como un compañero de viaje que estará toda la vida. Nos podemos amigar con sus trucos y sus intenciones, y cuanto más los conocemos, más fácil nos resulta no caer en ellos. Cuanta más humildad y amabilidad pongo en lo que hago, más probablemente no me atrape. Es a través de poner consciencia, en el acto de darme cuenta, que me puedo ir desapegando de la voz interna que tira de mi, puedo desidentificarme de lo que creo que YO soy, y verme más como el espectador de toda esa farsa. La consciencia es un espectador, no el sujeto.

Entonces cuanto más puedo discernir qué parte es genuina y cuál surge de un yo desbocado (asmita), más me empodero, más me escucho y me respeto. Las voces volverán a aparecer, surgirá nuevamente el deseo de conseguir, pero estaré ganando la capacidad de decidir algo distinto, que esté más en consonancia conmigo mismo. Como dice Indra Devi:

“El yoga es un camino de liberación. La práctica constante nos libera del miedo, la soledad y la angustia” todo fruto de la creencia del yo.

Lo que he aprendido sobre el ego y lo que me gusta trasmitir en mis clases, es que éste siempre va a estar ahí. He aprendido a disfrutar de la práctica física, sin forzarme ni exigirme, porque cuando quiero llegar más lejos de lo que mi cuerpo me permite en cada momento, no soy yo, sino mi ego. Al poder observarlo, al darme cuenta de su juego, entonces puedo elegir volver al espacio de cuidado, a la acción desinteresada que no me lleva a caer en los extremos, respetando mi cuerpo, a estar consciente.

Y así, cuando no tiene el control, cuando actúo desde mi esencia, por un instante he logrado que mi ego se acalle.

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